martes, 14 de enero de 2014

A ojo de buen cubero

Los cuberos eran los tipos encargados de elaborar cubas. Las cubas, generalmente elaboradas en madera y destinadas a la contención de líquido, generalmente vino, no tenían un tamaño establecido por consenso. Era una época, la medieval, en la que no existían medidas establecidas y en cada cuba debía caber, más o menos, un quintal de vino. Como no se conocían las medidas exactas que debería tener una cuba para que en la misma cupiese un quintal, los cuberos elaboraban las mismas siguiendo una estimación propia y, aunque no realizaban dos cubas iguales, sí que realizaban cientos de cubas muy similares. Es por ello que era considerado como buen cubero, aquel que realizaba las cubas de la manera más exacta de manera que en las misma pudiese entrar al menos un quintal de líquido.

De esta manera, a día de hoy, cada vez que hacemos un cálculo estimativo o tiramos un tanteo para opinar sobre la capacidad o la unidad contenida en algún envase o lugar, solemos tirar de la frase "a ojo de buen cubero", queriendo decir que no sabemos con exactitud la cifra por la que estamos apostando, pero que estamos seguros de estar aproximándonos mucho a la cifra real.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Dar el pego

Cuando los juegos de cartas se hicieron populares en tabernas, salones y casas de recreo, fue tanto lo que se puso en juego que no se tardó en "profesionalizar" el asunto. Ya se sabe que cuando hay dinero de por medio, las trampas suelen ser un factor determinante a la hora de medir la codicia de cada adversario. Los tahures, repartidores de cartas entrenados a conciencia y preparados para dar lo mejor de sí en cada partida, eran mirados con recelo ante la posibilidad de que pudiesen realizar algún truco con el fin de favorecer o perjudicar a alguno de los jugadores.

Uno de los trucos más recurridos por los tahures, auténticos fulleros de la profesión, era la de untarse cuidadosamente las uñas de una cera adhesiva antes de la partida y poder así manipular una mano con la maestría de un mago. El tahur, hábil en la visión de la siguiente carta a repartir, podía pegar esta a la de abajo con auténtica habilidad y repartir dos cartas juntas haciendo creer al incauto que le había repartido una sola. La mayoría de las veces los jugadores no eran conscientes de este truco y recibían la carta de abajo, notablemente peor que la de arriba, pegada con cera con precisión de cirujano. Acabada la mano, el tahur pedía una baraja nueva y aquí no había pasado nada.

Resulta que el riesgo de la trampa era tan elevado que, al entrar en juego el dinero y el honor, si el chance era descubierto, a menudo los tahures se veían obligados a enfrentarse a un duelo al sol cara a cara con el mancillado. Allí, arma en mano, solían carecer de la habilidad que tenían con los naipes. Ello les obligaba a ser más que concretos con el manejo de la baraja, pues cualquier descuido podía disparar una sospecha letal.

A medida que se fue universalizando este truco y, por conocimiento global, fue desapareciendo de las artimañas de los tahures, cualquier tipo de engaño con visos de perfección o cualquier artificio ilusorio, fue denominado como "dar el pego", en honor a aquel viejo truco en el que se pegaban dos naipes para hacer creer que solamente se había repartido uno. De este modo, cada vez que nos dan una imitación y nos la hacen pasar por original, cada vez que nos muestran una falsedad que parece completamente verdadera, siempre que nos lo creamos, dirán que nos han dado el pego. Nos han hecho creer que había una carta, cuando verdaderamente había dos.

martes, 2 de julio de 2013

Buscar tres pies al gato

"Buscáis cinco pies al gato cuando sólo tiene cuatro". Con este dicho popular comenzó a gestarse lo que hoy conocemos como un argumento ante los filibusteros de la palabra. Siempre que alguien proclamaba el "Buscáis cinco pies al gato cuando sólo tiene cuatro", había alguien al quite para sentenciar "¡No, que son cinco con el rabo!", era la manera jocosa de hacer creer que cualquier argumento era factible con tal de hacernos tragar con lo imposible.

En una jugada métrica, Cervantes derivó el dicho en su universal novela El Quijote y acotó la expresión para juzgar a quien buscaba tres pies al gato. Tan sólo fue un recurso novelesco de quien jugaba con las palabras de una conversación ficticia. Dio igual, tanto se universalizó la obra que el dicho se acopló de boca en boca hasta llegar a nuestro actual "buscar tres pies al gato".

Cuando alguien se pierde en un argumento irracional para hacernos creer una verdad que solamente vive en su creencia, nos cruzamos de brazos y le sentenciamos: "No busques tres pies al gato".

No me cuentes lo que no puede ser. No me vale ese argumento. Tú no tienes razón.

lunes, 15 de abril de 2013

Hablar por boca de ganso

Durante los siglos anteriores, retrocediendo a la época palaciega de la Ilustración, cuando el barroco y el rococó dieron paso al post clasicismo, las grandes familias solían contratar a un Ayo con el fin de que este ejerciese de maestro de letras y ciencias para sus hijos. El Ayo, un educador dogmático, pragmático y enciclopedista, dotaba de una educación rígida a los niños de familias nobles con el fin de instruirlos para su futura incorporación a la alta vida social.

Debido a que siempre iban equipados de plumas de ganso para mojar en tinta y escribir sus textos, los Ayos pasaron a ser conocidos, popularmente, como gansos. A la consolidación del apodo ayudaron también los paseos que, por pasillos y jardines, daban los Ayos con sus alumnos, quienes le seguían en fila india, a semejanza de una familia de gansos. En estos paseos, los niños iban repitiendo, de manera casi inconsciente y literal, cada una de las lecciones que les había enseñado su "Ganso".

Los niños lo repetían todo sin verificar si lo que decían era o no cierto. Lo daban por hecho puesto que era lo que les había enseñado su Ayo. Así, el paso del tiempo denominó a "hablar por boca de ganso" a todas las frases o palabras dichas simplemente porque lo habian leído o escuchado en algún sitio, sin pararse a pensar si lo que estaban diciendo era verdadero o coherente.

Así, hoy, cada vez que alguien dice algo con pinta de estar muy enterado y simplemente lo dice porque se lo ha escuchado decir a alguien o lo ha leído en algún sitio, decimos que está hablando por boca de ganso. Porque en realidad es lo que popularmente conocemos como un listillo y tiene muy poca idea de lo que está diciendo.

jueves, 4 de abril de 2013

No hay tu tía

Conocido es por todos que los primeros grandes médicos de la historia fueron musulmanes. En la Europa cristiana, los viejos cirujanos, también conocidos como barberos, se dedicaban exclusivamente a la sangría y el cataplasma. Sin embargo, en los zocos árabes ya había llegado la investigación y los médicos, considerados como personas importantes, habían comenzado a experimentar con remedios y medicinas.

Como consecuencia de raspara las paredes de las chimeneas de fundición, obtuvieron un polvo negro que se conocía como óxido de zinc. El mismo, mezclado con algunas sales y aceites, se convirtió en un remedio efectivo para las lesiones oculares. El ungüento, bautizado con el nombre de Atutiya, fue ganando popularidad hasta convertirse, prácticamente, en una panacea que se utilizaba para la cura de otras enfermedades comunes.

Los cristianos de España, dados a la hispanización de los términos árabes, adoptaron el ungüento llamándolo atutía. De esta forma, el remedio, que posteriormente perdió su "a" inicial y pasó a conocerse popularmente como "tutía", pasó a despacharse en boticas, a las que acudían los enfermos en busca de una cura que apaciguase sus dolores.

La frase pronunciada por los boticarios de turno cada vez que se les agotaban las existencias del producto, pasó a convertirse en chascarrillo popular cada vez que hacía saber que algo no tenía solución. "Nada, que no hay tutía". La simplificación del término y la pérdida del uso del ungüento con el paso de los años, hizo que la expresión derivase en el "no hay tu tía" que utilizamos en la actualidad.

De esta manera, cada vez que nos topamos con un obstáculo imposible de sortear o con alguien imposible de convencer, cuando no hay solución o la situación es inevitable, pronunciamos el "no hay tu tía" y la gente sabe que les estamos diciendo que no hay nada que hacer, que no lo vamos a conseguir.

martes, 30 de octubre de 2012

Noche toledana

En el año 803 d.c., gobernaba en Córdoba, capital del califato de Al-Andalus, el emir Al-Hakam I. En la ciudad de Toledo, sometida al Califa, convivían musulmanes, judíos y cristianos, muchos de ellos nobles y, la mayoría, molestos con la forma de gobernar del wazir de la ciudad, Jusuf-Ben-Amru. Amru era despiadado, injusto y nada benevolente. Tras una decisión en la que aprobó un edicto que iba en contra de los nobles toledanos, estos se rebelaron contra el wazir de tal manera que asaltaron su palacio y le hicieron preso para después decapitarlo en la plaza pública. Muley, el consejero que el emir tenía en Toledo, corrió a Córdoba para contarle a Al-Hakam todo lo sucedido. La respuesta del emir fue enviar a Toledo al padre del decapitado Wazir, Amru I.

Amru, el padre, gobernó la ciudad con condescendencia, bondad y comprensión. Se formó un Consejo de nobles, que tras el recelo inicial, posaron toda su confianza en el nuevo wazir al comprobar que éste no tomaba ninguna decisión sin consultarla primero con ellos. De tal forma se apaciguó a la ciudad hasta que a esta llegó el príncipe Abderramán I. El primogénito del emir llegaba desde Córdoba camino de Zaragoza y había hecho parada en Toledo para descansar, dar de comer a sus hombres y de beber a sus caballos. Amru, en su condición de wazir de la ciudad, organizó un festín en honor al príncipe e invitó a su palacio a todos los nobles de la ciudad. Adornó las oscuras calles con antorchas y engalanó la entrada al palacio con las mejores sedas. De aquella forma, ningún noble se perdió por el camino y pudo entrar emocionado a lo que, creían, sería una recepción inolvidable.

Y lo fue, pero no por lo que ellos habían imaginado. A medida que los nobles iban entrando al palacio, fuertes guerreros musulmanes los iban conduciendo a un patio interior donde habían cavazo una fosa. Al pie de la misma, todos los nobles, uno a uno, fueron siendo decapitados y arrojados al fondo. Una vez no quedó un noble con vida, cada una de las cabezas fue clavada en una pica para que, a la mañana siguiente, los ciudadanos de Toledo comprobasen qué les ocurriría si volviesen a perpretar una revuelta. Amru, satisfecho por la perfecta ejecución de su plan, se dirigió a la tumba de su hijo y le expresó con devoción palabras que habían sido promesa. "¡Hijo mío, ya puedes dormir en paz, pues ya has sido vengado!".

Desde entonces, cada vez que alguien pasa una noche en vela por un mal motivo, bien no puede dormir por encontrarse mal, por tener alguna preocupación o porque alguien no le ha dejado hacerlo, al levantarse por la mañana y sentirse preso del agotamiento, suele decir que ha pasado una noche toledana. La referencia proviene de aquella noche del siglo IX en el que cientos de nobles toledanos fueron pasados por la espada tras ser engañados con palabras serviles.

jueves, 18 de octubre de 2012

Las paredes oyen

Durante la segunda mitad del siglo XVI, Juan Calvino revolucionó todas las teorias católicas imponiendo el nombre de Dios por encima de la condición humana. Los católicos, que defendían el pecado como condición humana, no aceptaron las propuestas reformistas de quien generó tantos seguidores que llegaron a convertirse en una plaga molesta en los países del sur de Europa. En Francia, a los calvinistas se les conocía como hugonotes. Y en Francia reinaba Enrique II cuya, esposa, Catalina de Médici era una ferviente seguidora de la religión católica. A Catalina de Médici le molestaban los hugonotes y sus teorías y fue por ello que organizó una persecución contra ellos que culminó en la sangrienta madrugada del veinticuatro de agosto de 1572 en el que cientos de seguidores calvinistas fueron pasados por el filo de la hoja en la que pasó a la historia como "La noche de los cuchillos largos".

Se cuenta que después de aquello Catalina de Médici temía más la represalia que la regeneración de los hugonotes. Tal fue su obsesión, que ordenó derribar todos los muros de palacio para volver a construir paredes con conductos acústicos. De esta manera, de una habitación a otra podía escuchar todo lo que hablasen sus visitantes sin necesidad de estar junto a ellos. Desde entonces, cada vez que alguien debe contar algo secreto o comprometido en algún lugar inseguro, se le suele decir "ten cuidado con lo que cuentas y como lo cuentas, que las paredes oyen". Es una manera de citar a Catalina de Médici y de advertir a tu interlocutor que, aunque él no lo crea, alguien puede escuchar lo que está diciendo y ponerle en un serio compromiso.