
El sereno hacía su ronda acompañado de un bastón y un silbato. Igual daba la hora y el parte que guardaba la llave de los portales de la zona para poder abrir las puertas a los vecinos que llegasen tarde a casa. El silbato lo utilizaba para avisar a las autoridades si se producía algún altercado. Sonaba el pito y la policía o los bomberos llegaban para detener a los alborotadores, apagar algún fuego o rescatar a algún ciudadano de su apuro.
Ocurrió que la mayoría de los serenos terminó por tomarse su trabajo demasiado en serio y fueron muy estrictos en su labor. Ante cualquier altercado, por ridículo que fuese, terminaban haciendo sonar el silbato. Igual que le ocurrió al pastor que engañaba al pueblo con la llegada ficticia del lobo, las autoridades terminaron por hacer caso omiso ante la llamada de atención del vigilante. Con el paso del tiempo, el pito del sereno dejó de ser considerado en serio y se convirtió en chanza para saber hacer a alguien que no le tendrían en consideración y que no valorarían ninguna de sus palabras o consejos.