jueves, 26 de enero de 2017

Edad del pavo

El pavo es un animal que tiende a la sobreexcitación, gusta de sacar pecho, hacer ruidos extraños y su cabeza torna en un color rojizo cuando inicia el cortejo. Su mayor característica, además, es la de mostrar su plumaje en forma de abanico cuando ha de reafirmarse como el rey del corral. Es sensible a los cambios y huye del entorno hostil porque su única misión es la de enriquecer su ego frente a quienes le rodean.

El niño, cuando alcanza la pubertad, tiende a la sobreexcitación, gusta de hacer el pavo, se altera ante cualquier cosa y se enrojece ante cualquier comentario porque se siente preso de la vergüenza. Le gusta llamar la atención, se avergüenza de su entorno familiar y se convierte en un rebelde sin causa rodeado de amigos mientras busca estar guapo frente a su amor platónico.

Es por ello que al adolescente se le compara con el pavo, en cuanto se convierte en una persona irascible, sensible a los cambios y frugal en cuanto a los sentimientos. Y es por ello que conocemos la pubertad o adolescencia como Edad del Pavo.


jueves, 3 de noviembre de 2016

Chivo expiatorio

Durante la antiguedad, existía un ritual entre el pueblo judío, a través del cual intentaban expiar los pecados de la comunidad. Se trataba de sacrificar dos chivos de manera diferente, con el tal de dar representación del bien y del mal y conseguir, así, que su Dios se sintiese congratulado por el sacrificio.

Al primer chivo, bautizado como Yahvé, se le sacrificaba en forma de ofrenda al creador. Aquel era el "afortunado" puesto que moría en nombre de Dios. Al segundo, bautizado como Azazel, se le abandonaba en el desierto para que pereciese tras la agonía del abandono. Este era el desafortunado puesto que moría en nombre de los hombres.

A este último, Azazel, se le terminó conociendo como el chivo expiatorio, puesto que era él que pagaba por los pecados de la comunidad. De esta forma ha llegado así el término hasta nuestros días. Cada vez que se busca un culpable, se suele señalar a alguien que, generalmente, no tiene ninguna culpa, para que cargue con toda la responsabilidad. A esta persona inculpada injustamente se la conoce como "chivo expiatorio".


jueves, 19 de mayo de 2016

A la vejez, viruelas

Durante el siglo XVII comenzó a expandirse una enfermedad que afectaba a la gran mayoría de la población en edad infantil o juvenil. Dicha enfermedad se presentaba en forma de granos y pústulas que cubrían el cuerpo del enfermo hasta producirle una picazón insoportable. Dicha enfermedad se bautizó como viruela y bautizó, a su paso, a otro tipo de erupciones como podían ser las alérgicas o hasta el acné juvenil.

En 1824 se estrenó en el Teatro Español de Madrid, la obra del dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros, "A la vejez viruela". En ella se contaba la historia de una pareja de ancianos que terminan cortejando a un par de jóvenes de las que se habían enamorado. Venía a decir el título de la obra que los dos ancianos venían a hacer lo que no habían hecho durante el resto de su vida, enamorarse perdidamente de alguien, poniendo la enfermedad como símil de que a la vejez tener sentimientos de juventud. Usando como símil una enfermedad, la viruela, que solamente se padece durante la infancia o pubertad.

A raíz de entonces, se popularizó el dicho "a la vejez, viruelas" cada vez que un hombre de edad adulta vivía una experiencia propia de un niño o un jovencito. Como en la historia de Bretón de los Herreros en la que dos ancianos se enamoran de dos jovencitas.


jueves, 25 de febrero de 2016

Marcharse a la francesa

En la alta sociedad francesa del siglo XVIII, las fiestas entre nobles se convirtieron en todo un acontecimiento social. Tal era la reputación y el empeño puesto en la preparación de las mismas que, llegado el momento, todo el mundo tenía la obligación de sentirse a gusto en las mismas. Por ello, cuando uno de los invitados sentía la tentación o necesidad de marcharse, lo hacía sin despedirse, puesto que aquello era intepretado por los anfitriones como una falta de respeto ya que podía considerarse que la persona se marchaba porque consideraba que la fiesta no estaba a la altura, lo que se consideraba una ofensa para el organizador.

De esta manera, se convirtió en costumbre el marcharse sin despedirse para todo aquel que no quisisese aguantar hasta el final de la fiesta. Para tratar de no ofender, se escabullía como podía y su marcha pasaba desapercibida. Fue así que aquella forma de despedirse pasó a conocerse como "sans adeu". Sin adiós.

De esta forma, esta manera de marcharse sin decir adiós pasó a ser conocida como "marcharse a la francesa", y lo que en un principio era considerado como un símbolo de buena educación, paso a convertirse en todo lo contrario. Si hoy en día alguien se marcha a la francesa, es decir, sin despedirse, pasa a ser considerado como un maleducado.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Poner en tela de jucio

El Imperio Romano concibió los primeros grandes proyectos de Estado tal y como hoy los conocemos. Su ingeniería y arquitectura aún inspira a muchos de los proyectos actuales, pero por si algo se distinguieron del resto de imperios anteriores fue por el dictado de sus leyes. El derecho romano puso la primera piedra a lo que más tarde se terminaría convirtiendo en las particulares judicaturas nacionales.

El sistema romano impuso los juicios de la manera como hoy los conocemos. Quizá no con tanta sofisticación ni oportunidades de defensa para el acusado, pero al menos se reunían, daban oportunidad a las partes y dictaban sentencia. Pero los juicios no eran sino la última fase de una serie de pesquisas que comenazaban con la negociación en la empalizada.

La empalizada no era otra cosa que un lugar cerrado donde se discutían los asuntos que eran suceptibles de ir a juicio. Aquella empalizada, derivado su nombre al romano, se conocía como "tela". Era por ellos que se decía que los casos estaban en la tela. De ahí saldrían los pleitos que se resolverían mediante juicio o los que derivarían directamente en una sanción sin proceso previo.

Es por ello, que desde entonces, decimos, cuando nos cuentan algo que no terminamos de creernos, por inverosímil o por incoherente, que preferimos ponerlo "en tela de juicio", es decir, preferimos verificar los hechos, contrastar los sucesos y si averiguamos que es cierto, entonces darle la calidad de real.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Armar la marimorena

En la segunda mitad del siglo XVI, existía, en la Cava Baja madrileña, una taberna de postín y trago largo, regentada por un matrimonio bien avenido. Él era Alonso de Zayas y de ella se sabe que tenía por nombre María y sus cabello, al igual que su tez, eran de color moreno. Debido a ello, y a que aquella señora María llevaba el gobierno de la taberna y del matrimonio, se dio llamar a aquella tasca el nombre de taberna de la María Morena. Una mujer de armas tomar según dieron fe los posteriores escritos.

Ocurrió que cierto día acudieron a beber a la taberna algunos soldados, fatigados, que regresaban de los tercios. Como quiera que la única sed que avivaba su ánimo era la del buen vino, solicitaron al tabernero unos pellejos que colgaban de una de las paredes del establecimiento. Ante la negativa del dueño a servirles aquel vino, alegando que el mismo estaba reservado para clientes de mayor postín, los soldados organizaron una sonora protesta que terminó en bronca descomunal.

No hubiese sido tanta la fama de la tabernera de no haber sido ella la mayor protagonista en aquella pelea. María Morena repartió lo suyo y lo de su marido. Volaron sillas, hubo sangre, cayeron dientes y algún hueso hizo croc. Ya en el calabozo, cada uno de los participantes en el alboroto dio su versión de los hechos y en lo que todos coincidían era en la bravura y fuerza de la tabernera.

Desde entonces, en los corrillos populares de la ciudad, a cualquier algarabía, alboroto o pelea producida en las calles se le llamó "armar la marimorena". Aquella expresión fue extendiéndose hacia el resto de España hasta el punto de que ante cualquier bullicio de carácter público y colosal, solemos decir que "se ha armado la marimorena". Y todo en homenaje a la esposa del dueño de la vieja taberna situada en la Cava Baja madrileña.

lunes, 20 de julio de 2015

Hacerse el sueco

Durante la antigua Grecia, y posteriormente en Roma, el teatro se convirtió en uno de los entretenimientos preferidos de la clase alta. En un recinto debidamente confeccionado para la ocasión, los actores saltaban a un escenario desde el que nacían varias filas de gradas, para recitar una obra aprendida de memoria y con el fin de satisfacer el deseo de goce de los asistentes.

Para ganar altura en las tablas, junto a los hombres que solían ser más altos, las mujeres comenzaron a calzar un zapato de madera que pasó a llamarse soccus (más adelante, lo conocimos como zueco). Aquel calzado, aparte de distinguir a las mujeres en el escenario, fue utilizado por los hombres cuando estos escenificaban una comedia, pues este calzado les convertían en más vulnerables visualmente, a la vez que toscos y torpes.

Semejante manera de actuar de los comediantes, calzado con aquellos aparatosos zuecos, caló entre el populacho y fue por ello que cada vez que alguien no quería enterarse de algo o se hacía el desentendido, se decía que actuaba como un actor con sus soccus, de manera torpe, mostrándose como poco inteligente, por lo que se comenzó a llamar a esas personas como soccus primero, zueco más tarde y sueco de manera definitiva.

De esta forma, cada vez que alguien hace como que no se entera de algo o quiere hacer ver que aquello no va con él, decimos que se está haciendo el sueco. No le interesa meterse en ese charco; prefiere hacerse el tonto y el torpe y que venga otro detrás, con menos comedia, a resolver el problema.