jueves, 19 de abril de 2018

Irse a la porra

Durante la multitud de guerras medievales que dividieron europa en ambición de conquistar o defender un territorio o profesar o condenar una fe católica, las diferentes naciones formaron unos ejércitos más o menos peculiares, más o menos eficientes.

Entre una de las mejores máquinas humanas de guerra de la historia, se encuentran los tercios españoles que lucharon, principalmente en Flandes, durante los siglos XVI y XVII. A cargo de cada escuadrón, había un sargento mayor que dirigía la tropa en orden y concierto. Este sargento, dotado de una vara de mando alargada y culminada en un ostentoso adorno y que fue conocida entre la soldadesca como "porra", organizaba los tiempos y los descansos de la expedición. De esta manera, cada vez que la tropa paraba para reposar o acampar, el sargento clavaba su vara en la tierra para hacer saber que alrededor de la misma debía formarse el campamento.

Ocurría que, a veces, algunos soldados, en su afán de aventura y distracción, se alejaban demasiado del campamento poniendo en riesgo la vida individual y la estrategia grupal. Era entonces cuando eran llamados al orden y se les ordenaba que se "marcharan a la porra"; es decir, que regresasen al lugar donde la vara estaba clavada y no se movieran de allí.

La frase se ha mantenido hasta nuestros días y ha evolucionado hacia una manera más despectiva que imperativa. Cuando le decimos a alguien que se vaya a la porra, no le estamos ordenando marcharse a un lugar concreto sino que le estamos diciendo que nos molesta su presencia y no queremos tenerle cerca de nosotros. Importándonos poco, en su caso, a que lugar queremos que se marche.

sábado, 21 de octubre de 2017

Dejar en la estacada

Durante la época medieval, se hizo muy comón el dirimir las disputas en el campo de batalla.
Montados en su caballo y ataviados con sus mejores armaduras, los caballeros simulaban un enfrentamiento guerrero en el que el único factor común con una guerra de verdad era la muerte. De esta manera, lanza y escudo en mano, cabalgaban en paralelo a una empalizada de madera que separaba sus territorios, hasta encontrarse y clavarse la lanza, de tal manera que el que tenía más fuerza y, sobre todo, más pericia, clavaba su lanza sobre el torso o cabeza de su adversario, de tal manera que lo hacía descabalgar y, en la mayoría de las ocasiones, también morir.

Aquella empalizada de madera, al ser construida a base de estacas, pasó a ser conocida como estacada. De tal manera, cuando alguno de los caballeros quedaba frente al otro, dentro de los límites de la estacada, quedaba completamente desamparado de ayuda y amparado solamente por su propia suerte.

De esta forma, hasta hoy ha llegado el dicho de "dejar en la estacada" cuando se dice que alguien ha sido abandonado a su suerte, sin ningún tipo de ayuda y solamente a merced de su propio ingenio o pericia.

jueves, 26 de enero de 2017

Edad del pavo

El pavo es un animal que tiende a la sobreexcitación, gusta de sacar pecho, hacer ruidos extraños y su cabeza torna en un color rojizo cuando inicia el cortejo. Su mayor característica, además, es la de mostrar su plumaje en forma de abanico cuando ha de reafirmarse como el rey del corral. Es sensible a los cambios y huye del entorno hostil porque su única misión es la de enriquecer su ego frente a quienes le rodean.

El niño, cuando alcanza la pubertad, tiende a la sobreexcitación, gusta de hacer el pavo, se altera ante cualquier cosa y se enrojece ante cualquier comentario porque se siente preso de la vergüenza. Le gusta llamar la atención, se avergüenza de su entorno familiar y se convierte en un rebelde sin causa rodeado de amigos mientras busca estar guapo frente a su amor platónico.

Es por ello que al adolescente se le compara con el pavo, en cuanto se convierte en una persona irascible, sensible a los cambios y frugal en cuanto a los sentimientos. Y es por ello que conocemos la pubertad o adolescencia como Edad del Pavo.


jueves, 3 de noviembre de 2016

Chivo expiatorio

Durante la antiguedad, existía un ritual entre el pueblo judío, a través del cual intentaban expiar los pecados de la comunidad. Se trataba de sacrificar dos chivos de manera diferente, con el tal de dar representación del bien y del mal y conseguir, así, que su Dios se sintiese congratulado por el sacrificio.

Al primer chivo, bautizado como Yahvé, se le sacrificaba en forma de ofrenda al creador. Aquel era el "afortunado" puesto que moría en nombre de Dios. Al segundo, bautizado como Azazel, se le abandonaba en el desierto para que pereciese tras la agonía del abandono. Este era el desafortunado puesto que moría en nombre de los hombres.

A este último, Azazel, se le terminó conociendo como el chivo expiatorio, puesto que era él que pagaba por los pecados de la comunidad. De esta forma ha llegado así el término hasta nuestros días. Cada vez que se busca un culpable, se suele señalar a alguien que, generalmente, no tiene ninguna culpa, para que cargue con toda la responsabilidad. A esta persona inculpada injustamente se la conoce como "chivo expiatorio".


jueves, 19 de mayo de 2016

A la vejez, viruelas

Durante el siglo XVII comenzó a expandirse una enfermedad que afectaba a la gran mayoría de la población en edad infantil o juvenil. Dicha enfermedad se presentaba en forma de granos y pústulas que cubrían el cuerpo del enfermo hasta producirle una picazón insoportable. Dicha enfermedad se bautizó como viruela y bautizó, a su paso, a otro tipo de erupciones como podían ser las alérgicas o hasta el acné juvenil.

En 1824 se estrenó en el Teatro Español de Madrid, la obra del dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros, "A la vejez viruela". En ella se contaba la historia de una pareja de ancianos que terminan cortejando a un par de jóvenes de las que se habían enamorado. Venía a decir el título de la obra que los dos ancianos venían a hacer lo que no habían hecho durante el resto de su vida, enamorarse perdidamente de alguien, poniendo la enfermedad como símil de que a la vejez tener sentimientos de juventud. Usando como símil una enfermedad, la viruela, que solamente se padece durante la infancia o pubertad.

A raíz de entonces, se popularizó el dicho "a la vejez, viruelas" cada vez que un hombre de edad adulta vivía una experiencia propia de un niño o un jovencito. Como en la historia de Bretón de los Herreros en la que dos ancianos se enamoran de dos jovencitas.


jueves, 25 de febrero de 2016

Marcharse a la francesa

En la alta sociedad francesa del siglo XVIII, las fiestas entre nobles se convirtieron en todo un acontecimiento social. Tal era la reputación y el empeño puesto en la preparación de las mismas que, llegado el momento, todo el mundo tenía la obligación de sentirse a gusto en las mismas. Por ello, cuando uno de los invitados sentía la tentación o necesidad de marcharse, lo hacía sin despedirse, puesto que aquello era intepretado por los anfitriones como una falta de respeto ya que podía considerarse que la persona se marchaba porque consideraba que la fiesta no estaba a la altura, lo que se consideraba una ofensa para el organizador.

De esta manera, se convirtió en costumbre el marcharse sin despedirse para todo aquel que no quisisese aguantar hasta el final de la fiesta. Para tratar de no ofender, se escabullía como podía y su marcha pasaba desapercibida. Fue así que aquella forma de despedirse pasó a conocerse como "sans adeu". Sin adiós.

De esta forma, esta manera de marcharse sin decir adiós pasó a ser conocida como "marcharse a la francesa", y lo que en un principio era considerado como un símbolo de buena educación, paso a convertirse en todo lo contrario. Si hoy en día alguien se marcha a la francesa, es decir, sin despedirse, pasa a ser considerado como un maleducado.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Poner en tela de jucio

El Imperio Romano concibió los primeros grandes proyectos de Estado tal y como hoy los conocemos. Su ingeniería y arquitectura aún inspira a muchos de los proyectos actuales, pero por si algo se distinguieron del resto de imperios anteriores fue por el dictado de sus leyes. El derecho romano puso la primera piedra a lo que más tarde se terminaría convirtiendo en las particulares judicaturas nacionales.

El sistema romano impuso los juicios de la manera como hoy los conocemos. Quizá no con tanta sofisticación ni oportunidades de defensa para el acusado, pero al menos se reunían, daban oportunidad a las partes y dictaban sentencia. Pero los juicios no eran sino la última fase de una serie de pesquisas que comenazaban con la negociación en la empalizada.

La empalizada no era otra cosa que un lugar cerrado donde se discutían los asuntos que eran suceptibles de ir a juicio. Aquella empalizada, derivado su nombre al romano, se conocía como "tela". Era por ellos que se decía que los casos estaban en la tela. De ahí saldrían los pleitos que se resolverían mediante juicio o los que derivarían directamente en una sanción sin proceso previo.

Es por ello, que desde entonces, decimos, cuando nos cuentan algo que no terminamos de creernos, por inverosímil o por incoherente, que preferimos ponerlo "en tela de juicio", es decir, preferimos verificar los hechos, contrastar los sucesos y si averiguamos que es cierto, entonces darle la calidad de real.